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Iloilo, Filipinas, 27 de junio de 2026
Queridos Cohermanos, Formandos y laicos asociados a nuestra misión:
En este día en que toda la Congregación celebra con
alegría
la fiesta de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro, me uno a cada comunidad
redentorista esparcida por el mundo para dar gracias a Dios por el don
de la Madre del Redentor, que continúa acompañando el caminar de la
Iglesia y de nuestra familia misionera.
La devoción a María es uno de los pilares de nuestra
espiritualidad. La Constitución 32 nos lo recuerda muy bien:
«Consideren a la Bienaventurada Virgen María como su modelo y socorro,
pues Ella, sierva del Señor, al recorrer el camino de la fe y abrazarse
de todo corazón a la voluntad salvífica de Dios se consagró por entero a
la persona y a la obra de su Hijo, y cooperó y sigue cooperando al
misterio de la redención, como perpetuo socorro en Cristo para el pueblo
de Dios. Por tanto, trátenla como Madre, con piedad y amor filial.
Fomenten con celo su veneración, sobre todo mediante el
culto litúrgico, y celebren sus fiestas con especial fervor. Fieles a la
tradición alfonsiana, todos los congregados honrarán a diario a esta
Bienaventurada Virgen. A todos se les recomienda el rezo del santo
rosario para rememorar e imitar con ánimo agradecido los misterios de
Cristo en que María participó.»

El 11 de diciembre de 1865, el papa Pío IX confió a los Redentoristas el
Icono de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro, encomendándonos una misión
que sigue siendo plenamente actual: «Hacerla conocer en todo el mundo».
Pocos meses después, el 26 de abril de 1866, el Icono fue solemnemente
restituido a la veneración pública en la iglesia de San Alfonso, en
Roma. Desde entonces, a lo largo de 160 años, esta devoción ha
traspasado fronteras, culturas y lenguas, convirtiéndose en una de las
expresiones marianas más difundidas de la Iglesia.
En todos los continentes donde la Congregación está presente, la Madre
del Perpetuo Socorro continúa reuniendo a sus hijos. En algunos lugares,
por medio de grandes santuarios que reciben diariamente a multitudes de
peregrinos. En otros, a través de pequeñas iglesias, capillas,
comunidades y misiones, donde personas sencillas depositan ante el Icono
sus alegrías, sufrimientos, angustias y esperanzas. En todos estos
lugares, María continúa señalando a Cristo, su Hijo, verdadero Redentor
de la humanidad.
Sin embargo, el mandato confiado por Pío IX no consiste únicamente en
difundir una devoción. Estamos llamados a conducir a las personas desde
la devoción hasta el encuentro personal con Jesucristo; del encuentro,
al discipulado; y del discipulado, al compromiso misionero. La verdadera
devoción mariana nunca se encierra en sí misma. Siempre conduce al
seguimiento de Cristo y al servicio generoso de los hermanos,
especialmente de los pobres, los abandonados y todos aquellos cuya
dignidad es herida por las múltiples formas de pobreza y exclusión.
María es un modelo inspirador para la misión redentorista. Su silencio
está lleno de escucha (cf. Lc 2,19.51); su presencia maternal evoca la
compasión (cf. Jn 19,25-27); y su fe está llena de esperanza (cf. Lc
1,45). En el Magníficat proclama al Dios que derriba a los poderosos de
sus tronos, enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y
recuerda su misericordia para con su pueblo (cf. Lc 1,46-55). Su canto
sigue siendo plenamente actual y desafía también nuestra misión:
anunciar la abundante redención que transforma vidas (cf. Sal 130,7),
promueve la dignidad humana (cf. Jn 10,10) y fortalece la esperanza de
quienes más sufren (cf. Rm 5,5).
En esta fiesta de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro, mientras
recordamos los 160 años de la difusión de su devoción, invito a cada
Unidad de la Congregación, a las comunidades religiosas, a cada
cohermano, a los laicos asociados a nuestra misión y a las cofradías,
congregaciones e institutos religiosos vinculados a la espiritualidad
redentorista a renovar, en este día, el compromiso de hacer que Nuestra
Madre del Perpetuo Socorro sea cada vez más conocida y amada. Hagamos
que nuestras iglesias, santuarios y comunidades sean verdaderas escuelas
de fe, de misericordia, vivida con la benignidad pastoral y de misión,
donde cada peregrino encuentre no solo consuelo para sus dolores, sino
también un llamado a vivir el Evangelio de manera siempre nueva y a
convertirse en discípulo misionero de Jesucristo.
Que Nuestra Madre del Perpetuo Socorro continúe protegiendo a la
Congregación y, junto con nuestros santos, mártires y beatos, fortalezca
nuestra vocación misionera y nos inspire a llevar, con renovado
entusiasmo, la abundante redención a todos, especialmente a los más
pobres y abandonados.
¡Feliz fiesta de Nuestra Madre del Perpetuo Socorro para todos!
P. Rogério Gomes, C.Ss.R
Superior General |