El 27 de junio del año 2001, el entonces Papa Juan Pablo II beatificó a un grupo de mártires de la Iglesia Católica Ucraniana. Entre ellos había cuatro Misioneros Redentoristas: Los Obispos Mykolay Charnetsky y Vasyl Vsevolod Velychkovsky, y los Padres Iván Ziatyk y Zynoviy Kovalyk.
El 1°de septiembre de 1939 (pacto Molotov-Ribbentropp), La Unión Soviética uniendo a Ucrania Occidental con sus propios territorios, desencadenó una violenta persecución contra la Iglesia greco-católica. Hasta la caída del comunismo, en 1989, los bolcheviques encerraron en campos de concentración, torturaron y mataron a millares de fieles, obispos, sacerdotes y laicos.
Entre ellos también sufrieron el martirio los redentoristas Nicolás Charnesky (1884-1959), obispo, exarca apostólico de Volyn´y Pidljashja, muerto fuera de la cárcel, bajo estricta vigilancia de la policía, a causa de su salud destruida durante los 10 años de detención en los campos de concentración; Basilio Velyckovskyj (1903-1973), obispo de la Iglesia católica ucraniana “clandestina”, muerto en Canadá por las torturas padecidas en muchos años de dura cárcel, después de haber sido expulsado de su País en precarias condiciones físicas y psicológicas; Zenón Kovalyk (1903-1941), sacerdote asesinado de manera violenta, según algunos testigos, crucificado en la pared de un corredor de la prisión de Brihidchy; Iván Ziatiyk (1899- 1952), sacerdote, muerto en la cárcel tras una violenta paliza. Juan Pablo II los beatificó, en Leopoli, el 27 de junio de 2001.
Todos estos hombres padecieron sufrimientos y torturas infligidos durante la Segunda Guerra Mundial o después de esta, durante la era del control soviético antes de la independencia de Ucrania en 1991. El obispo Nicolás Charnetsky y sus veinticuatro compañeros representan una era gloriosa del martirio para la Iglesia Católica Ucraniana, y sus relatos dan gran testimonio de la fuerza de su fe Católica.
De la Bula de indicción del Jubileo del año 2000 “Incarnationis mysterium” del Papa Juan Pablo II.
Anunciaron el Evangelio dando la vida por amor Una señal permanente, pero en nuestros días sobre todo elocuente, de la verdad del amor cristiano es el recuerdo de los mártires. Que no se nos olvide su testimonio. Son ellos quienes han anunciado el Evangelio al dar la vida por amor. El mártir, sobre todo en nuestro tiempo, es señal de aquel amor más grande que compendia cualquier otro valor. Su existencia recuerda la primera palabra pronunciada por Cristo en la cruz: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 3,34). Todo creyente que haya comprendido seriamente su propia vocación cristiana, según la cual el martirio es una posibilidad ya anunciada en la revelación, no puede excluir esta perspectiva de su propio horizonte de vida. Los dos mil años del nacimiento de Cristo están señalados por este permanente testimonio de los mártires.
Además este siglo que está terminando, ha conocido numerosísimos mártires, sobre todo a causa del nazismo, del comunismo y de las luchas raciales y tribales. Personas de todas las clases sociales han sufrido por su fe, pagando con sangre su adhesión a Cristo y a la Iglesia o afrontando con valor interminables años de prisión y de privaciones de todo género por no ceder a una ideología transformada en un régimen de despiadada dictadura. Desde el punto de vista psicológico, el martirio es la prueba más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano también a la más violenta de las muertes y manifiesta también su belleza en las más atroces persecuciones.
Inundados de gracia, podremos con mayor fuerza alzar el himno de agradecimiento al Padre y cantar: “El blanco ejército de los mártires te alaba”. Sí, este es el ejército de los que “han lavado sus vestidos, volviéndolos blancos con la sangre del Cordero” (Ap 7,14). Por ello la Iglesia, por toda la tierra debe permanecer anclada a su testimonio y defender celosamente su recuerdo. Que el pueblo de Dios, reforzado en la fe con los ejemplos de estos auténticos campeones de todas las edades, lenguas y naciones, pueda navegar con confianza entre los escollos del tercer milenio. La admiración por su martirio se una en el corazón de los fieles, al deseo de poder seguir, con la gracia de Dios, esos ejemplos en todas las circunstancias que lo demanden.